¡Primer día en la CCXPMX 2025!

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Las puertas del universo geek fueron abiertas, esto es CCXPMX 2025

Las puertas del universo geek fueron abiertas, esto es CCXPMX 2025

El viernes 30 de mayo de 2025 no amaneció distinto a cualquier otro día en la Ciudad de México. El tráfico siguió su curso habitual, el cielo mantuvo ese tono indefinido entre gris y azul, y la ciudad, inmensa y caótica, continuó funcionando con su lógica implacable. Pero en los alrededores del Centro Citibanamex algo empezó a desajustarse desde temprano. No fue un cambio brusco, sino una transformación progresiva, casi silenciosa. Las primeras señales fueron las capas.

Cayeron sobre los hombros de jóvenes y adultos por igual, ondeando entre mochilas y playeras estampadas. Después vinieron los cascos, las armaduras, las pelucas de colores imposibles. Finalmente, las miradas: esa mezcla de expectativa y nerviosismo que solo aparece cuando alguien está a punto de entrar a un lugar que ha esperado durante meses o años. Así comenzó la CCXP México 2025, y así empezó su primer día.

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La antesala: filas, espera y anticipación

Las filas avanzaron con lentitud. Nadie parecía molesto. El viernes tiene esa cualidad: no exige, no empuja, no atropella. Es un día de preparación emocional. Los asistentes conversaban entre sí aunque no se conocieran. Comparaban itinerarios, revisaban mapas digitales, discutían teorías sobre anuncios futuros y especulaban sobre los invitados que ya se encontraban dentro del recinto.

Para muchos, ese momento previo a la entrada era tan importante como cualquier panel. Era la antesala del ritual. La transición entre la vida cotidiana y un espacio donde las reglas cambian.

Cuando las puertas se abrieron, no hubo una explosión, sino un flujo constante. Una marea organizada de personas cruzando un umbral invisible.

El primer impacto: una ciudad dentro de otra

Dentro del recinto, la CCXP se reveló como una ciudad paralela. Pantallas gigantes suspendidas como anuncios de otro mundo, música que se filtraba desde distintos puntos, luces diseñadas para no dejar ningún rincón en penumbra. El sonido era omnipresente, pero no caótico: una mezcla de voces, pasos, risas, anuncios y música que, lejos de saturar, envolvía.

El viernes permitió mirar. Caminar sin prisa. Observar. Los asistentes se detenían ante los stands no para consumir, sino para entender. Tocaban objetos, preguntaban, exploraban. Era un día de reconocimiento del territorio.

Había familias completas, parejas, grupos de amigos y personas solas que, en cuanto cruzaban la puerta, dejaban de estarlo. En la CCXP, la soledad no sobrevive demasiado tiempo.

Artists’ Valley: el núcleo silencioso

Entre tanto estímulo, el Artists’ Valley se alzó como un espacio de pausa. No de silencio absoluto, pero sí de otra frecuencia. Ahí, el tiempo parecía desacelerarse.

Mesas alineadas, carpetas abiertas, hojas en blanco que pronto dejarían de estarlo. Artistas internacionales y nacionales trabajaban frente al público, dibujando con una naturalidad que solo se consigue tras años de repetición y error. Cada trazo era definitivo. Cada línea tenía peso.

Los asistentes se acercaban con respeto. Algunos llevaban cómics envejecidos por el uso, otros pedían sketches improvisados, otros simplemente observaban. En ese espacio, la figura del creador dejaba de ser abstracta. Se volvía humana, accesible, cercana.

El viernes fue ideal para ese encuentro. No había prisa por cumplir horarios estrictos ni multitudes empujando. Había conversación. Había intercambio. El Artists’ Valley, desde el primer día, recordó que la CCXP no se sostiene solo en el espectáculo, sino en la creación.

Presencias que alteran el aire

A media mañana comenzaron los rumores. No anuncios oficiales ni gritos por altavoces. Rumores. La forma más pura de la expectativa.

Xolo Maridueña fue uno de los primeros nombres en circular. Su presencia no provocó caos, sino una atención contenida. Se le vio recorrer el recinto, saludar, detenerse a escuchar. Su actitud fue la de alguien consciente del significado simbólico de estar ahí, más allá del estatus de celebridad.

Ese viernes, Xolo no fue una figura distante. Fue parte del paisaje humano del evento. Su presencia reafirmó la intención de la CCXP: acercar, no separar.

Más tarde, otro nombre comenzó a aparecer en conversaciones en voz baja: Mads Mikkelsen. No todos lo vieron. No hizo falta. Su sola presencia dentro del evento modificó la percepción del día. La CCXP se sentía, de pronto, más grande, más ambiciosa, más internacional, y los fans enloquecieron, en una charla sobre sus trabajos en el cine y las series, su futuro y el deseo por revivir uno de sus papeles más famosos, Hannibal.

No era solo un evento de fans. Era un punto de convergencia cultural.

El Thunder Stage: la espera consciente

El Thunder Stage abrió sus puertas el viernes con una solemnidad particular. Aún sin llenarse por completo, imponía. El escenario, diseñado para el exceso y la emoción desbordada, se presentó ese día como un espacio contenido, casi reflexivo.

Las primeras charlas no buscaron el impacto inmediato. Hablaron de procesos creativos, de caminos largos, de fracasos previos al éxito. Los asistentes escucharon atentos. No era un público pasivo. Era un público que entendía que el espectáculo también se construye desde la paciencia.

El viernes convirtió al Thunder Stage en un símbolo de lo que estaba por venir. Cada asiento vacío era una promesa.

Cosplay sin competencia

En los pasillos, el cosplay se manifestó en su forma más pura. Sin jurados, sin escenarios dedicados, sin presión. Personas interpretando personajes por el simple placer de hacerlo.

Se veían ajustes de último minuto, prótesis retocadas, maquillaje corregido frente a espejos improvisados. Cada traje contaba una historia personal: meses de trabajo, inversión económica, ensayo frente al espejo.

El viernes permitió ver esos detalles. Miradas concentradas, sonrisas nerviosas, orgullo contenido. El cosplay no era un espectáculo para otros; era una afirmación de identidad.

Zonas interactivas: la energía constante

Las áreas de videojuegos y experiencias inmersivas permanecieron activas durante toda la jornada. Controles que pasaban de mano en mano, pantallas rodeadas de espectadores, celebraciones colectivas ante una victoria inesperada.

El viernes ofreció algo que los otros días no: tiempo. Tiempo para jugar sin filas interminables. Tiempo para equivocarse. Tiempo para repetir.

Estas zonas funcionaron como puntos de encuentro espontáneo. Personas que no se conocían terminaban celebrando juntas una partida. La competencia cedía lugar a la camaradería.

El paso de las horas

Sin que nadie lo notara, el día avanzó. La luz exterior cambió, pero dentro del recinto el tiempo parecía suspendido. Los asistentes comenzaron a mostrar signos de cansancio: pasos más lentos, mochilas más pesadas, miradas que ya habían visto demasiado y aún querían ver más. El viernes no agotó. Preparó.

En los pasillos se escuchaban planes para el día siguiente. Listas mentales, horarios ajustados, estrategias para sobrevivir al sábado. El viernes era el reconocimiento del terreno antes de la batalla emocional.

La salida: volver distinto

Cuando las puertas comenzaron a cerrarse, nadie se fue de inmediato. Hubo una resistencia silenciosa. El deseo de prolongar la experiencia, aunque fuera unos minutos más.

Al salir, la ciudad volvió a imponerse. El ruido del tráfico, el aire distinto, la noche cayendo. Pero algo había cambiado. Los asistentes no salían iguales a como entraron. Salían cargando historias, imágenes, expectativas.

El viernes 30 de mayo de 2025 no fue el día más espectacular de la CCXP México. Fue el más fundamental. El día en que el evento se presentó sin artificios, sin clímax forzado, dejando que la experiencia se construyera sola.

Toda gran historia necesita un inicio sólido. No necesariamente estruendoso, pero sí honesto. El viernes de la CCXP México 2025 cumplió esa función. Sentó las bases emocionales, narrativas y simbólicas de lo que vendría después.

Fue el día en que los universos se abrieron sin prisas. El día en que la cultura pop reclamó su espacio físico y lo compartió. El día en que miles de personas entendieron que no estaban ahí solo para consumir entretenimiento, sino para formar parte de una experiencia colectiva.

Y cuando el primer día terminó, quedó claro que la CCXP no estaba contando una historia cualquiera. Estaba construyendo una memoria.