Sobriedad me estás matando, ¿Quién es la oveja negra de la familia?
Agradecemos a Cinépolis Distribución por invitarnos a ver una pelicula Mexicana que le da un giro a la comedia y reflexión, Sobriedad me estás matando, aquí te cuento todo en la reseña:
| Estreno: 29 de enero 2026 | Género: Comedia |
| Duración: 1h 48m | Clasificación: B15 |
| Dirige: Raul Campos | Distribuye: Cinépolis Distribución |
| Guionista: Raúl Campos, Félix de Valdivia , Octavio Hinojosa | Título original: Sobriedad me estás matando |
| País: México | Elenco: Octavio Hinojosa, Alfonso Borbolla, Maya Zapata, Mónica Dionne |
Sobriedad, me estás matando es una de esas películas que te sorprenden no por lo espectacular de su premisa, sino por la honestidad con la que decide contar una historia incómoda. No pretende agradar a todos ni convertirse en un relato inspirador en el sentido tradicional; más bien, se instala en ese terreno donde el humor y el dolor conviven, recordándonos que crecer rara vez es un proceso elegante.
Desde los primeros minutos queda claro que la cinta no está interesada en suavizar la realidad. Seguimos a Raffi, un hombre que ronda los cuarenta años y que ha pasado casi la mitad de su vida entrando y saliendo de centros de rehabilitación. Su existencia parece un ciclo interminable de intentos fallidos, recaídas y promesas que nunca terminan de cumplirse. No es un personaje fácil de querer: es sarcástico, hiriente y profundamente defensivo. Sin embargo, justo ahí radica su fuerza narrativa porque se siente real.
Lo que podría haberse convertido en un drama solemne sobre la adicción se transforma en una comedia negra que examina la adultez tardía, el miedo al cambio y la sensación de haberse quedado atrás mientras todos los demás avanzan. La película entiende que el fracaso es una experiencia universal, aunque pocas veces se retrate con tanta crudeza… y con tanta ironía.

Una comedia negra que se atreve a incomodar
El director Raúl Campos apuesta por un tipo de comedia poco frecuente dentro del cine mexicano comercial. En lugar de recurrir a fórmulas románticas o a chistes previsibles, construye un humor ácido que nace del desastre emocional de sus personajes. Es una risa que a veces sorprende al espectador, porque llega en momentos donde uno no está seguro de si debería reír.
El guion se percibe trabajado con precisión. No intenta justificar a Raffi ni convertirlo en víctima absoluta de sus circunstancias. Al contrario, lo expone con todas sus contradicciones: puede ser cruel con quienes intentan ayudarlo, burlarse de otros pacientes en rehabilitación y sabotear sus propias oportunidades. Pero también deja entrever las grietas que explican, sin excusar, su comportamiento.
Ese equilibrio es uno de los mayores logros de la película. Raffi no es encantador, pero tampoco es un villano; es alguien atrapado entre lo que fue y lo que todavía no sabe cómo ser.
Un protagonista difícil… y fascinante
Cuando conocemos a Raffi está en lo que parece ser su enésimo intento por mantenerse sobrio. Su actitud desafiante lo convierte en un elemento incómodo dentro de cualquier grupo, y eventualmente es expulsado del centro de rehabilitación. Ese momento funciona como detonante: por primera vez en mucho tiempo, el mundo real lo obliga a sostenerse sin muletas.
Su relación con la familia no ofrece refugio. Con su padre empresario hay una tensión constante, marcada por expectativas incumplidas; con su madre, artista y temperamental, el vínculo parece hecho de reproches acumulados durante años. Más que afecto, lo que circula entre ellos es resentimiento.
La interpretación de Octavio Hinojosa es clave para que el personaje funcione. Logra que Raffi incomode sin volverse insoportable, y que incluso en sus momentos más desagradables se perciba una vulnerabilidad latente. Es el tipo de actuación que no busca simpatía inmediata, sino comprensión progresiva.
A su lado, Alfonso Borbolla aporta calidez como Trino, el amigo que, contra toda lógica, sigue ahí. Trino representa ese afecto incondicional que muchas veces sostiene a quienes no pueden sostenerse solos. Maya Zapata, por su parte, encarna a Inés, un amor inconcluso de la juventud cuyo regreso despierta en Raffi la idea de que quizá todavía no es demasiado tarde para reconstruirse.
Estas relaciones evitan que la película caiga en el cinismo total. Siempre hay alguien que cree que Raffi puede cambiar, incluso cuando él mismo parece haber renunciado a esa posibilidad.

La sobriedad como metáfora
Uno de los aciertos más interesantes de la película es ampliar el significado del título. La sobriedad no se limita a dejar de consumir sustancias; implica vivir sin anestesia emocional, enfrentarse a las propias heridas y aceptar la responsabilidad sobre la propia vida.
La cinta sugiere que muchas personas se refugian en distintos tipos de escape para no mirar de frente aquello que duele. En ese sentido, la historia de Raffi no habla solo de adicciones químicas, sino también de evasiones psicológicas: la negación, el humor defensivo, la autosabotaje.
Hay una idea particularmente poderosa que atraviesa todo el relato: la incapacidad de “volver a subirse al tren” después de haber quedado rezagado. Ver cómo los demás construyen carreras, familias o certezas mientras uno sigue intentando aprender lo básico puede ser devastador. La película captura esa sensación con una mezcla de crudeza y sensibilidad que resulta difícil de ignorar.
Humor ácido con preguntas incómodas
El tono oscuro y sarcástico permite que la película plantee preguntas relevantes sin volverse moralizante.
¿Qué significa realmente tener una vida exitosa?
¿En qué momento el fracaso deja de ser una etapa y se convierte en identidad?
¿Se puede madurar cuando ya parece demasiado tarde?
La película no ofrece respuestas fáciles y esa es una de sus mayores virtudes. Confía en la inteligencia del espectador y evita cerrar los conflictos con lecciones evidentes.

Segundas oportunidades (aunque incomoden)
Tras ser expulsado de rehabilitación y prácticamente rechazado por su madre, Raffi termina viviendo con Trino, su último aliado. Desde ahí intenta reorganizar su existencia: conseguir un trabajo, mantenerse sobrio y, quizá lo más difícil, aceptar que crecer implica renunciar a ciertas fantasías.
El reencuentro con Inés funciona como motor emocional. No se trata solo de conquistarla, sino de demostrar y demostrarse que puede ser alguien distinto. Sin embargo, la película es lo suficientemente honesta para mostrar que cambiar no es un proceso heroico. Es torpe, frustrante y lleno de retrocesos.
Esa mirada evita que la historia caiga en el cliché de la redención perfecta. Aquí el progreso es irregular, como suele ser en la vida real.
Una ópera prima con resonancia universal
Aunque la película está profundamente anclada en un contexto mexicano, particularmente en ciertos sectores acomodados de la Ciudad de México, sus emociones trascienden cualquier frontera cultural. La sensación de no cumplir las expectativas, el miedo a quedarse solo y el vértigo de empezar de nuevo son experiencias ampliamente compartidas.
Esa universalidad explica por qué la cinta ha logrado conectar con públicos diversos. No depende de referencias locales para generar empatía; se apoya en emociones reconocibles.
No es una película cómoda y ese es su mayor valor
Algunas personas podrían encontrar a Raffi exasperante, y probablemente esa sea una reacción buscada. En una industria donde abundan protagonistas diseñados para agradar, resulta refrescante encontrarse con un personaje que no pide permiso para ser contradictorio.
La incomodidad, en este caso, es productiva. Porque cuando Raffi finalmente baja la guardia, aunque sea por instantes, esos momentos se sienten ganados, no manipulados.
La película entiende algo fundamental: la vulnerabilidad solo conmueve cuando no parece obligatoria.
Una comedia distinta dentro del cine mexicano
Campos propone una alternativa al modelo dominante de comedia ligera. Aquí el humor no anestesia; al contrario, despierta. Nace del absurdo de la vida adulta, de la presión social por “tener todo resuelto” y de la torpeza que implica intentar cambiar hábitos profundamente arraigados.
Es una risa que muchas veces llega acompañada de un pequeño nudo en la garganta.

Imperfecta, como su protagonista
Si algo deja claro la película es que la perfección nunca fue el objetivo. Hay momentos irregulares, pero también una honestidad que compensa cualquier tropiezo. Prefiere arriesgarse a resultar incómoda antes que volverse inofensiva.
Y en un panorama donde muchas comedias parecen cortadas con el mismo molde, esa decisión se agradece.
Conclusión:
Al terminar Sobriedad me estás matando queda una sensación más emocional que narrativa. No es tanto lo que ocurre, sino lo que despierta, la pregunta silenciosa sobre si estamos viviendo la vida que queremos o solo la que hemos aprendido a sostener.
Con un protagonista tan irritante como real, un humor oscuro que evita la condescendencia y una mirada profundamente humana sobre la fragilidad emocional, Sobriedad, me estás matando demuestra que reírse del dolor también puede ser una forma de comprenderlo.
No es una película pensada para escapar de la realidad, sino para mirarla de frente. Y quizá por eso mismo resulta tan disfrutable: porque, entre carcajadas incómodas y momentos de lucidez, nos recuerda que nunca es sencillo crecer… pero siempre vale la pena intentarlo.

